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Mar302013

23:06:51

EL SÍNDROME DE MAMÁ OSA (PARTE SEGUNDA)

 

Hay un error muy común entre las personas que no tienen hijos, incluso entre quien los tiene, que consiste en que cuando ven a un niño portarse mal o ven esos programas de televisión tan de moda como SuperNanny o su versión más heavy e irrecuperable como Hermano Mayor, piensan lo bien que han hecho en no tener descendencia.

Lógico. ¿A quién no se le han puesto los pelos de punta cuando en una de esas tremendas secuencias más propias del National Geografic, el crío o cría en cuestión insulta a su madre, a su padre, o a ambos, estampa el plato de guisantes en el suelo, o tira el libro de mates por la terraza ante la mirada de cordero degollado de los padres? Eso la versión light. En la heavy, el retoño ya crecidito y atormentado la emprende a patadas contra una puerta hasta que la traspasa, literalmente, le pega tortazos a su abuelo, o llama maricón a su padre y fracasada a su madre cuando le piden que haga la cama, mientras chilla enervado "¡¡¡no me ralleeeeeeeeees!!!".

Pues bien. Que hay niños y adolescentes malos y tarados de serie es cierto, pero muy poquitos. La culpa de todos estos comportamientos la mayoría de las veces la tenemos los padres, únicamente los padres. Y dentro de los padres juega un papel importantísimo en torcer la conducta de los niños cuando las mamás además son osas cavernarias. Sí, las del clan, aunque algunas también actúen solas. Ojo, también hay papás osos cavernarios.

Todas las que tenemos hijos sabemos lo que es parir (salvo las que adoptan, aunque el proceso es tan largo y angustioso como un parto). En la sala de partos todas nos abrimos de patas igual y nuestras vergüenzas quedan igual de expuestas ante la matrona, el ginecóloco y media docena de estudiantes de medicina. En mi caso con la segunda, hasta un señor de mantenimiento que estaba arreglando el aire acondicionado del paritorio. Las cesáreas son más finas y limpias, pero al fin y al cabo el bebé sale del mismo sitio. La gran Mafalda decía que madre e hijo se gradúan a la misma vez y yo añado, si todas las madres pasamos por el mismo trance, ¿por qué algunas mujeres se creen más madres que otras? ¿Qué lo certifica? ¿El número de contracciones? ¿Los puntos de la episiotomía?

Pues eso debe ser fundamental, porque una vez que llegan al cole, y antes también, que el parque es otro submundo aparte, y los pequeños tienen que convivir con el resto de iguales (¡IGUALES!), empiezan los problemas de socialización, integración y conducta que en la mayoría de los casos vienen en la mochila fomentados por los papás osos.

Claro que, debe ser difícil compartir territorio con otros reyes y reinas. Si ha habido guerras en el mundo desde el principio de los tiempos, raro sería que no las hubiera en el cole. Hay que ceder, compartir, ayudar... conceptos que, si bien muchos niños traen aprendidos de casa, ponerlos en práctica es más complicado. Al final se consigue porque si no estaríamos buenos; la Educación y la Pedagogía no servirían para nada. Pero hay otros críos que no acaban de aprender las reglas del juego por muchos cursos que pasen, y son los que lo ponen difícil. Estos son los oseznos, porque generalmente son hijos de las osas cavernarias. Las madres que tienen el carnet de puntos (valen los de la cesárea) y que son más madres que las demás. No falla.

Todas las madres pensamos que tenemos los mejores hijos del mundo. Que son buenísimos, y que son incapaces de hacer una travesura o, ¿por qué no?, una maldad. Lo son, hasta que la hacen. La diferencia entre la osas cavernarias y las normales es que estas últimas, pasada la primera sorpresa, reconocen que su hijo sí lo ha hecho y no hay más cáscaras, mientras que las primeras jamás de los jamases reconocerán que sus oseznos han hecho nada malo, aunque el boletín de notas lleve impreso en letras de sangre todos los trimestres que debe mejorar su comportamiento y respetar a sus compañeros.

Hay dos clases de oseznos, lo matones, los que se les ve venir, los que se lían a tortas en cuanto se les lleva la contraria y que normalmente se convierten en líderes. Y luego están los sibilinos, los que las matan callando, los que en clase no dan una guerra pero en el patio se dedican a la guerra de guerrillas y tocan las narices al personal hasta que el personal se cansa y los casca. Entonces vienen los lloros y la madre osa en posición de ataque se presenta en el colegio pidiendo explicaciones, expulsiones y hasta una declaración del Consejo de Seguridad de la ONU. “Mi hijo/hija es muy bueno, nunca pega, nunca dice palabrotas, se aprovechan de él/ella porque es muuuuuuuuy bueno”.

No contenta con el discurrir de los acontecimientos, la mamá osa se dedica a hacer guardia todos los recreos en la verja del colegio para comprobar in situ cómo acosan a su retoño. Porque lo acosan, coño, “que a mí mi hijo/a nunca me miente” (esta es otra máxima importantísima como prueba de la defensa). El osezno no puede defraudar a la madre y sabedor de que lo está vigilando cual halcón, comienza con su táctica: pasa al lado de un compañero y lo insulta, pasa al lado de otro y le tira el bocadillo. Anteriormente en clase de gimnasia ha provocado un altercado para enervar los ánimos. Y cuando los agredidos están ya hasta los pelos corren detrás del osezno con la intención de darle su merecida guantá. Claro que el osezno conoce bien la ruta a seguir y se dirige jadeando y sollozando hasta donde se encuentra su madre plantada cual estatua de sal sin perder ripio de la persecución. Ahí tiene la prueba, lo ha visto con sus propios ojos. Su osezno es atacado por hordas de niños que lo odian y lo desprecian porque... ¿quién sabe por qué? le tienen envidia. Tal vez porque su bondad no es comprendida en este mundo malvado.

Estas osas cavernarias suelen ser solitarias porque tanto reiterar durante años que a mi hijo/hija “lo apartan, lo desplazan, lo odian” y todo el mundo sabe por qué, la que acaba apartada del resto de personal es ella. Normal. Y después de cursos y cursos de incomprensión decide que el osezno abandone el centro llevando una gran paz y dejando muchísmo más descanso.

El otro tipo de osa es la que tiene groupies. Claro, forma parte del clan de osas cavernarias,con lo que cuando el retoño de una de ellas es agredido, calumniado o difamado, lo que puede ser solo un incidente puntual acaba siendo el germen de la Tercera Guerra Mundial. Si al osezno le hacen un chichón con un palo de hockey durante la clase de educación física, la reacción es tremenda. Normal, a nadie nos gusta ver a nuestro hijo con la cabeza como Mortadelo tras un encontronazo con el Doctor Bacterio. Pero... ¡Ay! Si la respuesta del colegio no es del agrado de la osa... Si no le piden disculpas con lágrimas en los ojos, con la directora de rodillas y la banda municipal tocando detrás la Marcha Fúnebre, entonces... ¡¡¡Horror!!! El clan se pone a maquinar posibles acciones que pasan desde una queja formal, a una recogida de firmas para echar al agresor y de paso a la directora, hasta incluso una manifestación. El tema da de sí durante varios días hasta que el chichón desaparece y surje otro más interesante como el desfile de carnaval.

Pero claro, la vida da muchas vueltas y el osezno agredido, que no es ninguna perla marina, un buen día jugando inocentemente le pone la zancadilla a otro y éste al caer acaba con un golpe en el cuello y un collarín durante dos meses.

Entonces pueden pasar dos cosas. Que la madre del niño agredido sea tan osa cavernaria como la del agresor y se acaben tirando de los pelos en la misma puerta del colegio jaleadas por sus respectivos clanes. O puede ser que sea una persona cabal y no quiera dar bola al asunto al entender que lo ocurrido son cosas de críos (las hay que piensan así, se lo aseguro. Aún hay esperanza), y no querer siquiera que se sepa el nombre del implicado para evitar represalias (ya se sabe, los niños aprenden rápido y cualquier excusa es buena para pegar a otro)

En ambos casos la osa cavernaria sufre una extraña mutación que los científicos de la Universidad de Standford han denominado el síndrome de Belén Esteban, y hace suya la otra popular máxima: “yo por mi hija MA-TO” y añadiendo de su cosecha “yo por mi hijo MIEN-TO, DI-FA-MO, PIER-DO-LOS-PA-PE-LES y LA-LI-O-PAR-DA”. Y lejos de reconocer lo que ha hecho su osezno, la osa empieza a negar los hechos: “mi hijo no hizo nada, el otro se cayó solo, el mío solo pasaba por allí, pero si estaba haciendo la mili en Móstoles”; y, por supuesto, a minimizar el sufrimiento del otro niño que es quien tiene el cuello roto, y de su madre, para ser ella la víctima principal: “mi hijo está sufriendo muuuuuucho porque lo acoooooosan, lo insuuuuuultan y yo estoy fatal de los nerviooooos” aunque tal acoso sea mentira. Su clan de osas, cómo no, la apoya: “cómo le pueden hacer eso a tu hijo, acusarlo de algo de lo que es incapaz, qué mala, qué bruja, seguro que es solo cuento para fastidiarte”. Y la osa del niño del cuello roto tiene que aguantar miradas, reojos asesinos, cuchicheos y codazos mientras lleva la mochila de su osezno y este camina a su lado con el collarín, siendo el centro de todas las miradas.

Los niños son pequeños pero no son tontos y aprenden mucho, muchísmo es estas nefastas actitudes de sus padres. Si su madre es incapaz de reconocer un error, él lo verá como algo normal. Si su madre le obliga a mentir para no cargar con una culpa aprenderá que eso es lo que hay que hacer. Si un crío aprovecha la debilidad de su madre porque sabe lo va a proteger en todo aunque fastidie a los demás, lo hará toda la vida. Si, al revés, fastidiar a los demás conlleva que su madre le haga más caso, ancha es Castilla, Y si se da cuenta que hacer daño a alguien no trae consecuencias para él, lo verá como algo normal y completamente aceptable.

Hay muchos padres así, que se consideran maravillosos porque protegen a sus hijos con denuedo hasta el punto de amonestar a un profesor por haber castigado a su hijo, o a llamar a otro padre por teléfono a insultarlo tras un incidente aunque el perjudicado no sea el suyo. No les hacen ningún favor, sino todo lo contrario. Estas actitudes tan ultraprotectoras esconden algún problema emocional grave que acaban trasmitiendo al hijo y luego en la adolescencia vienen las consecuencias (“¡zorra, no me ralleeeeeeees!”). Yo no soy psicóloga pero creo que proteger a tu hijo no es quitarle responsabilidades y apartarle de los conflictos que él/ella haya creado, sino hacer que los asuma y estar a su lado para que no vuelva a errar.

 



 

 


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