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Sep112013

22:08:49

MÚSICA PARA MI CORAZÓN


“¡Ahí te quedas, no quiero volver a verte en mi vida!”

Cerré dando un portazo y golpeé con saña el botón del ascensor que no acababa de encenderse,“sólo falta que ahora el cacharro este no funcione y me tenga que bajar a pata ocho pisos”. Pero funcionaba, y al entrar en la estrecha cabina tuve la mala suerte de coincidir con presidente de la comunidad de vecinos, ese estúpido pedante que se cree muy fino y muy listo, pero al que le huele el aliento horrores. Murmuré un inaudible buenos días y le di la espalda. No suelo ser tan maleducada con la gente y menos con los vecinos (nunca se sabe cuándo los vas a necesitar), pero es que aquella mañana no tenía ganas de aguantar a nadie, ni siquiera a mí misma.

Había discutido con Ramiro por una tontería, como siempre. Pero en los últimos tiempos, cualquier estupidez se convertía en un asunto de Estado y terminaba en duras hostilidades.

Al llegar abajo dejé atrás al presidente al que casi le estampé la puerta del ascensor en los morros y salí a galope del portal haciéndome la loca para no tener que saludar tampoco al portero. Pero como es un cotilla y nunca se le escapa nadie que entre o que salga del edificio (salvo los buzoneros, los encuestadores, o los Testigos de Jehová) me pilló por banda:

-Oiga disculpe, mire a ver si ata mejor la bolsa de basura, que ayer al bajarla se me desparramó toda en el ascensor.

-Perdone, pero yo ayer no saqué la basura. –“la basura siempre la tengo en casa”, pensé.

- Bueno pues mire a ver, porque siempre me toca a mí limpiar la mierda de los demás en esta casa, para la porquería de sueldo que pagan.

No iba a replicarle, pero sí lo hizo el vecino del mal aliento.

-Tendrá usted queja de lo que cobra de esta comunidad.

Aproveché la coyuntura para escapar y dejar a los dos cretinos enzarzados en una desigual discusión. Como dice Ramiro, siempre tan solidario, “si el portero no está contento, hay decenas haciendo cola, así que ya sabe”.

“Carajo, qué frío hace”

Me arrebujé en mi abrigo y apreté el paso para llegar rápidamente al metro y resguardarme en su pestilente calorcito. Entre codazos logré meterme en uno de los atestados vagones, y con la espalda y el cuello torcidos en una postura digna del más flexible de los yoguis hice el trayecto hasta la estación donde tenía que trasbordar. Mi cabeza no dejaba de darle vueltas a la bronca con Ramiro, “tengo que pedir el divorcio, no le aguanto más”.

Cuando llegamos a la estación el vagón se vació de golpe y salimos disparados como un vómito incontrolado de personas que rápidamente comenzó a llenar los largos pasillos subterráneos. Como todas ellas, yo ya hacía este recorrido mecánicamente. Eran tantos años pateándome el metro de Madrid que lo consideraba ya como mi segunda casa. Siempre he tenido la sensación de que el Metro es un enorme hormiguero en el que los que lo usamos a diario pasamos una buena parte de nuestra vida. Somos hormigas que recorremos las entrañas de la tierra con un trayecto fijo e invariable, sin salirnos casi nunca de él, acarreando nuestros aperos de trabajo, incluso a veces nuestro alimento (en mi caso un tupper con ensalada mixta). Hormigas laboriosas que no descansan nunca, que andan y desandan siempre el mismo camino y todos los días vuelta a empezar.

Ese recorrido está casi siempre amenizado por músicos de lo más variopinto, que maldita la gana que tendrán de ponerse a tocar a las ocho de la mañana para un público que va medio dormido aún y con ganas de salir cuanto antes del maloliente subsuelo. A mí nunca me han molestado demasiado, algunos tocan muy bien y su música es agradable, como la del violinista que se ponía al pie de las escaleras mecánicas. Llevaba meses en el mismo sitio, pero nunca me había fijado mucho en él hasta ese día. No sé por qué pero en aquella ocasión, una música que hasta entonces me había pasado completamente desapercibida captó enseguida mi atención. Como siempre era un solo de violín y por primera vez al pasar por su lado me fijé en quien la tocaba. Agarraba el instrumento con fuerza y estaba completamente concentrado en su interpretación. Tenía unos hermosos rizos claros que se agitaban al compás de cada golpe del arco y sus ojos estaban cerrados, como disfrutando del momento. Justo cuando estaba a su altura los abrió y me miró. Apreté el paso y enfilé hacia las escaleras mecánicas. El violín retumbaba en mis oídos. Su mirada se me clavó en el corazón.

Tal vez fuera porque estaba pasando una mala racha, o porque tenía bajas las defensas, el caso es que aquel encuentro fue el principio de todo.

Al volver a casa después de la jornada de trabajo hice el mismo recorrido pero a la inversa. Al llegar a la estación de trasbordo me apresuré a recorrer el largo pasillo que llevaba de una línea a otra, mientas aguzaba bien el oído por si podía apreciar las notas del violín que me habían cautivado por la mañana, pero no escuchaba nada. Llegada al punto justo donde solía estar el violinista no lo encontré. En su lugar un ecuatoriano exhibía una actuación estelar de su top manta. Me llevé una pequeña decepción.

Pero al día siguiente por la mañana volví a verle en su lugar de siempre. Como si me presintiera, alzó la mirada al pasar frente él yo le eché una moneda que llevaba preparada durante todo el viaje. Esa misma tarde a la vuelta me sorprendí al ver que él estaba allí de nuevo. Me paré y esperé a que terminara su interpretación, cuando lo hizo abrí el bolso para echarle dinero, pero él me dijo:

-No, ésta te la regalo yo.

A partir de entonces el ritual se repetía dos veces al día, y los encuentros fueron convirtiéndose en el único aliciente de mi vida. Cada uno de ellos se alargaba un poco más, tanto que comencé a llegar tarde al trabajo. Pero no me importaba, a estas alturas nadie podía reprocharme absolutamente nada. Y si lo hacían me daba igual.

Las ganas de volver a verle era lo que me motivaba a levantarme con ánimo por las mañanas. Lo demás no me importaba. Los fines de semana por el contrario se convertían en una auténtica pesadilla. No tenía excusa para irme de casa a las ocho de la mañana y encima Ramiro y yo estábamos juntos todo el día, peleándonos, claro.

Un día no pude más. Me había hartado de mi situación familiar y sólo ansiaba quedarme junto a mi músico todo el tiempo, oyendo sus melodías y viendo caer las monedas a la vieja maleta. Quedé con Alicia para explicarle mi decisión:

-Voy a dejarle, no puedo más.

-Pero ¿qué ha pasado ahora? ¿Es por lo de siempre?

-Sí, lo de siempre, que no le aguanto y además, he conocido a otro hombre.

Alicia puso los ojos en blanco y abrió los brazos en un gesto teatral.

-¡Pero mamá, que tienes casi sesenta años, por Dios!

Aquello me ofendió profundamente.

-Alicia hija, creo que después de la vida que me ha dado tu padre, que nunca me ha considerado ni como esposa ni como mujer, tengo derecho a enamorarme de alguien que me aporte algo más que sufrimiento. Aunque tenga sesenta años.

- ¿Y quién es él? ¿Del trabajo?

- No, un hombre quien, con solo mirarle y escucharle, hace que me sienta feliz.

Dejé pasar unos días hasta que me decidí a dar el paso definitivo y comunicarle a Ramiro mi intención de pedir el divorcio. Y como todo lo que yo decía, se lo tomó a broma:

- Y con la mierda que ganas ¿de qué vas a vivir tú? ¿de tocar en el metro?

- No lo dudes.- Le espeté.

Al día siguiente me marché de casa con una maleta en la que había metido todas mis cosas más importantes, y le grité lo que siempre pensaba cada mañana, pero que nunca me atrevía a decir en voz alta:

-¡Ahí te quedas, no quiero volver a verte en mi vida!

- ¡Vale! Ah, y acuérdate de que esta noche volveré tarde, que juega el Madrid. Tú vete cenando.– contestó Ramiro.

El portazo que di hizo retumbar el edificio.

Acarreé como pude mi maleta y bien que me costó meterla en el vagón atiborrado de gente. Pero el que quiere, puede, y mi ilusión esa mañana no tenía límites. Llegué feliz aunque muy fatigada al lugar de encuentro, pero mi sonrisa se me quedó congelada en la cara al ver que mi violinista no estaba en su sitio. Desconcertada miré a un lado y a otro, recorrí de nuevo el pasillo, incluso subí y bajé las escaleras mecánicas varias veces con la maleta a cuestas, pero no había ni rastro de él. Pregunté a un vigilante de seguridad que estaba haciendo una ronda por si le había visto o si sabía algo:

-Lo siento señora, como comprenderá no llevo la cuenta de los músicos que pasan por aquí al día.

-Pero este señor está aquí siempre, por la mañana y por la tarde, desde hace meses.

- Ni idea.

Desesperada pensé en llamar a la policía e incluso a los hospitales, pero ¿qué iba a decir? Ni siquiera sabía su nombre. Sólo me quedaba esperar. Y eso hice todo el día hasta que cerró el Metro. No podía volver a mi casa y llamé a Alicia que vino muy preocupada a recogerme. A la mañana siguiente regresé y tampoco le encontré. Me pasé el día entero en aquel pasillo, a ratos atestado de gente, a ratos solitario, y así durante semanas, hasta que decidí renunciar. Mi artritis me estaba jugando ya una mala pasada y mi corazón ya no podía más.

Volví con Ramiro.

Para mí fue una derrota en toda regla, y lo que más me dolía, que no sabía por qué había pasado. Ramiro me perdonó y no me lo echó demasiado en cara. Pero yo ya no era la misma.

Llegó la primavera y un día hice el esfuerzo de cumplir uno de los absurdos sueños de Ramiro: ir a ver los títeres al Retiro. Llevaba años pidiéndomelo. Un trauma infantil, seguro.

El parque estaba abarrotado de gente, paseantes domingueros, echadores de cartas, mimos, vendedores ambulantes y músicos. Al lado del estanque un pequeño escenario emergía de entre cientos de cabezas iguales, y una estridente voz se dejaba oír entre el griterío:

-¿Por dónde se ha ido el loboooooo?- Preguntaba el horrendo muñeco.

-¡¡¡Por ahí!!!-Gritaba el público enfervorecido, mientras Ramiro se partía de risa.

-Manuela, hacen Caperucita, vamos a verlo.- Me instó poco menos que tirándome de una manga.

- Vete tú, ya sabes que a mí no me gustan los títeres.

Me fui a dar un paseo por una de las calles menos concurridas. La brisa de abril azotaba mi cara y me trajo un olor a flores nuevas... y una música que reconocí al instante. Guiada por ella y con el corazón dos metros por delante de mí llegué al lugar de donde procedía y allí estaba él, con su violín bien sujeto, su arco en movimiento, sus rizos claros agitándose al compás de la música. Me quedé quieta mirándole mientras sentía que mi pecho iba a estallar. Cuando terminó de tocar apoyó el violín en su rodilla y me miró... Esperó a que la gente dejara de echar monedas en su maleta, sonrió y habló por segunda vez desde que nos habíamos conocido:

-Creí que nunca más iba a volver a verte...

-Yo siempre estuve allí... – contesté al borde de las lágrimas.

Se tocó el pecho dándose dos golpecitos y con voz ronca dijo:

-Mi corazón… tuvo que salir a tomar un poco de aire…

Sentí miedo y lástima a la vez mientras pensaba, “y el mío se quedó sin él”.

Me miró intensamente y sentí la misma emoción que la primera vez. Abrí el bolso para echarle una moneda pero el violinista dijo sonriendo:

-No, ésta te la regalo yo.

Y comenzó a tocar de nuevo.

Luz Bartivas, 2013.

 


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